Los errores forman parte del proceso de aprendizaje en cualquier aspecto de la vida, por eso no conviene evitarlos. Evitar el error es como saltarse una etapa necesaria en la vida. Es como renunciar a tu niñez o a tu juventud. Postergar una decisión para evitar el error tiene una grave consecuencia: estaremos dando un salto hacia adelante en el tiempo y no habremos aprendido nada, por tanto cuando al final estemos obligados a tomar la decisión seremos igual de ignorantes pero más mayores y probablemente con menos energía, con lo cual todo nos va a resultar más doloroso. Las cosas hay que afrontarlas cuanto antes. Como decía Woody Allen, “Si no te equivocas de vez en cuando es que no lo intentas”

 

Hay cientos de ejemplos de decisiones postergadas por temores percibidos. Uno muy frecuente es no tener hijos antes por miedo a equivocarnos. Eso es entendible, pero la naturaleza es sabia, si quieres tener hijos, te va a ser difícil tenerlos y criarlos cuando seas muy mayor.

 

Recuerdo un amigo que en cada reunión cuando hablábamos de los hijos argumentaba que para él no había llegado el momento puesto que aún no estaba preparado. Nosotros le decíamos que si verdaderamente quería ser padre no buscara estar demasiado preparado porque en realidad ninguno de nosotros sabía cómo ser padre, ni antes ni después de serlo, sino que era algo que se iba aprendiendo con la práctica y la intuición. Él sobrepasaba con creces los cuarenta años y estaba convencido de que no estaba preparado, hasta que le vino el primer hijo. Ese día por supuesto no se acordó de todas las veces que pensó en su falta de preparación. Simplemente nos manifestó su infinita alegría y empezó a ser padre como los demás, así de sencillo. Con los días, admitió que le hubiera gustado vivir esa felicidad mucho antes. 

 

Tener miedo al fracaso conlleva un círculo vicioso muy dañino porque lo primero que sucede es que nos detiene. A continuación, esa inacción nos acaba bajando la autoestima. Y para cerrar el círculo, te aseguro que una baja autoestima es uno de los factores que más influyen para tener miedo.

 

El fracaso nos pone a prueba y nos permite aprender, pero entonces ¿por qué le tenemos tanto miedo a algo que es necesario y nos permitirá crecer? Por lo que yo llamo el factor interno y el factor externo:

 

  •          Factor interno: nos preocupa poner en entredicho nuestra inteligencia o nuestra capacidad. Preferimos quedarnos quietos con la sensación de que podríamos lograrlo en teoría que intentarlo y no conseguirlo en la práctica. También a veces justificamos nuestra inacción alegando que no nos interesa hacer algo porque no le encontramos valor, cuando en realidad lo que no queremos es ponernos a prueba por si acaso.

 

  •          Factor externo: nos preocupa decepcionar a los demás y que piensen peor de nosotros si no conseguimos el éxito. A veces participamos en cosas absurdas como el juego de las apariencias en el cual nos vemos obligados a competir por el qué dirán. En ese juego, si tienes éxito la gente se te acerca y si no lo tienes despiertas menos interés. Pero no seas insensato ¿realmente quieres jugar a ese juego? Va a suponerte una carga demasiado grande que no te va a conducir a nada, salvo a alimentar un poco tu ego. Por último, ¿para qué quieres que se acerque a ti gente interesada?

 

No afrontes el error como una decepción, en realidad es solo un resultado mejorable, pero nada más. Para un golfista profesional un desvío de cuatro metros en un tiro hacia la bandera puede ser un error mientras que para un aficionado dejar la pelota a cuatro metros de la bandera es un éxito. Por eso depende de cómo se mire, todo resultado es susceptible de mejora, pero no tienes que sufrir por ello.

 

El error es muy temido pero si quieres tener éxito cuanto antes, empieza a fracasar más rápido. Fallar vas a fallar, así que cuanto antes lo hagas mejor porque así vas a aprender más deprisa. El único error es aquel del que no aprendes nada.

 

A Rory McIIroy, golfista profesional y número uno del mundo durante más de ochenta semanas le sucedió que estando con todo a favor para ganar el Máster de Augusta del año 2011, de repente lo perdió desastrosamente. La verdad es que todos los que pudimos verle en aquella ocasión sentimos verdadera pena por él ya que era un chico muy joven a punto de ganar su primer campeonato importante y que la suerte le abandonó por completo el último día de la competición. Pues bien, Rory contó años más tarde que aquello resultó ser la mayor lección de su vida, y que fue bueno que le pasara cuanto antes en su carrera. Eso le ayudó a madurar y a afrontar otras pruebas con mejor preparación mental. Desde entonces ha ganado muchos grandes campeonatos.

El fracaso es una oportunidad, pero cuidado, no significa que sea una experiencia agradable. El fracaso tiene mucho que ver con el concepto de “resilencia” un término originario de la física que describe la capacidad de un material para recobrar su forma original después de haberse visto sometido a una presión deformadora. En psicología también se ha utilizado el concepto de resilencia para explicar en determinadas personas su capacidad de adaptación ante circunstancias adversas.

Esa capacidad de adaptación es buena, porque hace que se sufra menos en situaciones venideras, pero no hay que olvidar que para recobrar la forma original primero hubo una presión deformadora y eso es lo que duele a los seres humanos, por tanto el fracaso no es gratis, es una oportunidad fruto de un dolor previo.

Es importante enfatizar el punto anterior ya que he leído y oído muchas veces que el fracaso no existe, ya que éste viene como consecuencia de un abandono prematuro de algo que estabas tratando de lograr. Dicho de otra manera, cuando algo no sale es más un retraso que un fracaso. Sin embargo esto tampoco es verdad, no te creas el cuento de que el fracaso no existe. El fracaso existe y hay que afrontarlo como parte del proceso de la vida.

 

No por intentar algo equivocado mil veces vamos a lograr el resultado deseado. Entiende esto cuanto antes para no llevarte a engaño. Nunca debemos buscar éxito obcecándonos en que algo resulte solo para demostrar a los demás que estaban equivocados. Si lo hacemos encontraremos frustración ya que el objetivo, lo veamos o no, estaría siendo alimentar nuestro ego y eso no lleva a ninguna parte.

 

Las cosas hay que intentarlas todo lo que se pueda, pero si llega un momento en el que estamos viendo que ya vamos a fracasar, es mejor retirarse a tiempo y aprender la lección. A esas alturas la lección la vamos a aprender igual y además evitaremos el golpe.

 

Por ultimo aprende a ver determinados errores como señales de alerta sobre caminos equivocados que estás tomando. Si por ejemplo en el intento de sacar adelante un negocio, un proyecto, una relación o cualquier otro asunto, permanentemente encuentras reveses, quizá es que debes tomar otro camino, por doloroso que te resulte asumir ese hecho. Es posible que al principio no quieras cambiar tus planes porque te da miedo perder lo que tienes, pero después entenderás que era lo mejor que podías haber hecho. El problema es que no nos paramos a pensar qué está sucediendo y tampoco confiamos en que si dejamos lo que tenemos será una gran liberación para encontrar otros caminos más fructíferos. Una vez me dijo un maestro Zen “¿qué ocurre cuando no soltamos algo y nos aferramos a ello? Que no somos libres. ¿Qué tenemos si lo soltamos?” Alguien que le escuchó dijo “nada”, y él dijo, “no, si lo soltamos tenemos todo, porque ya no somos esclavos de nada”.

 

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